Cuba pasa página, también literaria

Acaba de salir publicado en Tinta Libre un artículo más sobre la nueva generación de escritores (¡y escritoras!) cubanos. Un nuevo repaso al triste pasado de las letras cubanas de las últimas décadas («Quinquenio gris», «Periodo Especial») así como una recapitulación sobre las penúltimas apuestas (Padura, Senel Paz, Jesús Díaz, etc.) y un breve muestra de las nuevas. Y esto es lo que nos interesa. Se refiere la articulista (Begoña Huertas) a la llamada Generación del Año Cero, y menciona a Ahmel Echevarría, Jorge Enrique Lage, Jamila Medina, Rafael Grillo (Isliada), Raúl Flores y Orlando Luis Pardo.

Estando de acuerdo con el listado inicial, trascendiendo un poco la Generación Cero, hubiera podido referir también a: Anisley Negrín, Legna Rodríguez Iglesias, Erick J. Mota, Abel Fernández-Larrea, Michel Encinosa Fu, Osdany Morales, Agnieska Sandoval, Elaine Vilar, Haydée Sardiña, Irina Pino, Dolores Labarcena, Gleyvis Coro, Judith Morales, Kryster Álvarez, Lien Carrazana Lau, María Hérnandez, María Matienzo, Marvelys Marrero, Polina Martínez, Rita Martín, Susana Haug, Teresa Dovolpage, Verónica Vega, Yamila Peñalver, Yordanka Caridad, Yusimí Rodríguez… (perdón por las omisiones).

Este listado es el fruto de varios años de trabajo con los escritor@s cuban@s «jóvenes» que hacemos desde ediciones La Palma. En breve, estará disponible en las librerías de España la antología «Alamar te amo. Cuentos eróticos de escritoras cubanas».

Les dejo el enlace al artículo (no se puede acceder vía digital):

Tinta Libre

¿Quiénes son? ¿Dónde están? La nueva narrativa cubana (El Cultural de El Mundo)

La nueva literatura cubana, la de los nacidos entre mediados de los 60 y fines de los 80, “la generación de la diversidad y la ruptura” -según el investigador estadounidense Seymur Mentor- recoge el testigo de sus hermanos mayores, los Pedro Juan Gutiérrez (1950), Reina María Rodríguez (1952), Abilio Estévez (1954), Leonardo Padura (1955), Lorenzo Lunar (1958), Rolando Sánchez Mejías (1959) o Zoé Valdés (1959). Consagrados, a media carrera y recién caídos del cielo: a continuación, un puñado de nombres de todas las orillas.

Antonio José Ponte (Matanzas, 1964), ensayista, poeta y narrador, es un atento lector de la literatura cubana, del interior y del exilio. Expulsado de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba en 2003 por su oposición a la dictadura, desde 2007 reside en Madrid y codirige el digital Diario de Cuba. Autor de la novela Contrabando de sombras (Mondadori, 2002), del libro de cuentos Un arte de hacer ruinas (FCE, 2005), o de la desoladora fábula anticastrista La fiesta vigilada (Anagrama, 2007), Ponte cree que en la obra de los literatos cubanos más jóvenes hay “razones para alegrarse”. “Esos libros son literatura antes que literatura cubana. Los jóvenes escritores han leído sin tanta gravedad histórica, con menos dolor y más humor, a los autores del exilio que fueron o son censurados: Reinaldo Arenas, Cabrera Infante o Severo Sarduy. Acercaron su obra a la de autores oscuros, difíciles y relegados. Y por primera vez existen jóvenes académicos cubanos (la mayoría en EE.UU.) que siguen el trabajo de compatriotas de su generación”.

Damaris Calderón (La Habana, 1967) hila sus poemas desde Isla Negra, en Santiago de Chile, en cuya universidad imparte clases de Literatura. Las antologías de la literatura cubana y latinoamericana recientes recogen y elogian sus versos y canciones publicados en más de una decena de poemarios. Títulos como Guijarros (1994), Duro de roer (1999), Ecce Homo (2000), Parloteo de sombra (2004) o Las pulsaciones de la derrota (2014) que construyen con su lenguaje introspectivo y singular una personal lírica de la derrota.

Karla Suárez (La Habana, 1969) emborronaba cuartillas desde niña con sus versos y cuentos y no dejó de hacerlo cuando inició sus estudios de ingeniería. Tras una carrera literaria de fondo, su fama saltó en 1999 el Atlántico al ser premiada con el Lengua de Trapo de Novela por su ópera prima Silencios y fue elegida uno de los 10 mejores nobeles del año por El Cultural. En 2003 se trasladó a París y refinó -en obras como La viajera (2007) o Habana año cero (2011)- sus intereses literarios entre la intimidad y el testimonio. Hoy vive en Lisboa.

Wendy Guerra (La Habana, 1970). Novelista y poeta, autora de obras como Nunca fui primera dama (2008) o Negra (Anagrama, 2013) Guerra escribe desde la capital cubana, mantiene un imprescindible blog en El Mundo con las últimas novedades literarias de la isla (Habáname) y orea en su artículos las esperanzas y miedos de su patria. Asegura que “descubrir un nuevo autor cubano que me guste y me emocione es descubrir una nueva Cuba, lugar donde parece no quedar nadie para contar iniciando un viaje como ese, pero, de repente, como por arte de magia, surge una voz en medio de las ruinas y la noche”.

Ena Lucía Portela (La Habana, 1972) es una de las escritoras cubanas actuales con mayor proyección internacional. En 2002 obtuvo el premio Jaén de Novela con Cien botellas en una pared (Debate, 2002) y próximamente Randon House publicará en España su última creación, Djuna y Daniel. Muy crítica con el régimen cubano ha descrito su trabajo como “individualista, que da más importancia a la literatura que a la política”. Porque “el día después ya ocurrió y todo sigue parecido”.

Rebeca Murga (La Habana, 1973) adscribe su obra al policial cubano, una de las tendencias literarias isleñas más pujantes de las últimas décadas, cómo bien ha mostrado en nuestro país el sello especializado Atmósfera Literaria. Una novela negra de buen contar y cuidado de los personajes, como puede apreciarse en Los aprendices (2013), la ópera prima de Murga.

Ahmel Echevarría (La Habana, 1974) se ha llevado con sus novelas y cuentos numerosos galardones en Cuba, y sus ficciones muestran la apertura de la narrativa de la isla a las más actuales problemáticas. En La noria, su última novela, premio Italo Calvino 2013, persigue en la intersección entre la literatura y el ensayo una historia de amor homosexual que transcurre en el Quinquenio Gris, el periodo entre 1971 y 1975 de fuerte represión cultural.

01 AHMEL

Javier Marimón (Matanzas, 1975) teje sus versos desde la orilla enfrente de Cuba, desde Miami, y algunos de ellos han sido reunidos en poemarios como La muerte de Eleanor (1998) o en prestigiosas antologías como La isla entera: Seis décadas de poesía cubana (1995), editada por la Universidad de California. Vanguardista y atento a las modulaciones insospechadas de la figura poética que dispersa en un tormentoso maremagnum discursivo.

Jorge Enrique Lage (La Habana, 1979) es uno de los más experimentales narradores actuales residentes en la isla. Ha trabajado el cuento y publicado tres novelas: El color de la sangre diluida (2007) Carbono 14. Una novela de culto (2010), y La autopista: The movie (2014). En ellas arroja sus redes conceptuales sobre las inequívocas referencias de Cabrera Infante, Pedro Juan Gutiérrez y Reynaldo Arenas, y trabaja un estilo vitalista y onírico que recicla géneros dispares, de la ciencia ficción a la novela negra.

Expediente 02

Óscar Cruz (Santiago de Cuba, 1979), prolífico poeta, se ha aplicado con espíritu militante a mostrar la potencia de la resistencia cívica desde la escritura. En poemarios como Las posesiones (2010) o La Maestranza (2013) ejecuta un original baile existencial cuyos referentes son lo que llama la Montaña (alegoría de la nación) y el Mal (el maleficio que la restringe y la condena), en una búsqueda de la propia identidad que escapa a duras penas de un cansancio de décadas.

Abel González Melo (La Habana, 1980) es uno los principales agitadores de la nueva dramaturgia cubana. Acumula ya una larga lista de títulos (Por gusto, Ubú sin cuernos, Adentro y Nevada), muy representados en la isla. Su obra también se ha estrenado en España. Aquí vimos en 2013, en el Bellas Artes, su gran éxito, Chamaco. Una versión que trasladaba el retrato de los bajos fondos de La Habana a Madrid. Obtuvo el Primer Premio de Dramaturgia de la AECID y sigue sumando traducciones y representaciones en otros países.

Osdany Morales (Nueva Paz, 1981) es una de las autores más rompedoras de la literatura cubana “del exterior”. Vive en Nueva York, y ha publicado libros de relatos como Minuciosas puertas estrechas pero es conocido sobre todo por su originalísimo Papyrus (Premio Alejo Carpentier, 2012). ¿Su argumento? Un escritor recorre las Siete Bibliotecas del Mundo dejando un libro en cada una de ellas y da cuenta de las etapas de un viaje por los orígenes de la escritura, el tiempo y la tautología de la creación”.

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Legna Rodríguez (Camagüey, 1984) ha publicado a sus 30 años una decena de libros entre la literatura infantil, la narrativa, el teatro y, con mayor y apasionada dedicación, la poesía. Libros de versos como El momento perfecto (2012), Chupar la piedra (2013) o La gran arquitecta (2013) en los que disecciona con ánimo lúdico y afán de entomólogo las anatomía del objeto poético.

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Carlos Manuel Álvarez (Matanzas, 1989) fue la sorpresa de la pasada Feria del Libro de la Habana con su primer libro, La tarde de los sucesos definitivos (2014), “una de las mejores novelas escritas en esta isla a partir del año 2000”, según Wendy Guerra. Una ópera prima que desnuda la intimidad devastada de una pareja que abre “una nueva etapa de la literatura cubana actual”.

Cuba, escritores de espaldas al mercado, por Ronaldo Menéndez

A Cuba no le gusta el mercado editorial —tal como se entiende la oferta a destajo por parte de los empresarios del libro— y al mercado editorial yo no le gusto. Los escritores que negamos tres veces el mercado tenemos un secreto motivo para hacerlo: no vendemos mucho. Y nuestro más elegante consuelo es la esperanza de llegar a convertirnos en escritor de culto. Un libro es un objeto raro, que puede legitimarse sin su componente comercial porque muchos sabemos que el valor de una obra es independiente de su relación directa con el mercado. Pero eso no tiene nada que ver con otro fenómeno de estirpe humanista: la cultura pertenece a todos y debe estar a su alcance. Malentendido esto con muy buenas intenciones, el Estado cubano decide subvencionar el libro, pilar fundamental de la ciudad letrada.

La primera consecuencia de la ausencia de mercado es algo que podríamos llamar síndrome del escritor de espaldas al lector manso. Cortázar hablaba —en tiempos donde aún no estaba de moda el feminismo— del lector macho, o sea, de ese lector activo capaz de desentrañar todos los sentidos de un texto. Por contraste, el lector manso sería ese otro que lee de una manera más ligera y azarosa. Un escritor que trabaja con la conciencia plena (y vacía) de que al otro lado de su libro no hay nadie, sino, como mucho, gente especializada del gremio que lo leerán y juzgarán porque deben hacerlo, se arriesga a observarse el ombligo más de la cuenta.

En una de mis visitas de hace unos años recorrí la isla en busca de libros publicados y de la venia de sus autores para intentar colocarlos en España. El primer problema al que tuve que enfrentarme fue la delgadez extrema de los libros, casi no se trataba de volúmenes. No podía tocar a la puerta de editores españoles con novelas de 70 páginas y libros de relatos de 50. ¿Y por qué esta gimnástica profusión de libros flacos? Sin mercado, y como da igual el precio y la venta, lo mejor es adelgazar los libros en un país con crisis económica: así se puede publicar mucho más, cumplir estadísticas y difundir a gran número de jóvenes autores.

La primera consecuencia de la ausencia de mercado es algo que podríamos llamar síndrome del escritor de espaldas al lector manso

No quiero parecer juez porque soy parte: yo también escribí en Cuba de espaldas al mercado, teniendo como lectores a intelectuales y amigos del gremio. Sigo pregonando que un escritor debe escribir como y lo que le venga en gana, pero el mercado del libro es algo más que el precio en librerías y la engañosa publicidad para venderle bodrios al personal. Lleva asociado un sistema de divulgación, un marco de reseñas y una crítica que le sirven al escritor para autoeducarse. Para tomarle el pulso al campo literario, e ir construyendo de manera realista ese lector modelo del que hablaba Umberto Eco. Cuando en el punto de partida está descartada la posibilidad de ese lector común, manso y anónimo, el escritor se enfrenta a una peligrosa libertad absoluta. Por eso me encontré que mucho de lo que se escribía en Cuba era endógeno, hermético, gratuitamente experimental y hasta cierto punto ilegible. De pronto me vi sumergido en un reino donde los posestructuralistas franceses inspiraban relatos, se inventaban microgéneros que hace tiempo estaban inventados, los temas eran muy locales, el neobarroco seguía siendo una estética de vanguardia, o una idea enrevesada de Foucault explicaba el meollo de una novela.

Como suele suceder, no todo cabe en el mismo saco. Magníficos —y desconocidos en España— son los libros de Sergio Cevedo Sosa, Daniel Díaz Mantilla, Raúl Aguiar, Alberto Guerra, Jorge Enrique Lage o Ahmel Echevarría, entre otros. No obstante a su cualidad de obras exigentes, puedo imaginar que el lector manso consiga paladear a cualquiera de estos autores, y por tanto funcionarían en un mercado más abierto. Pero el sistema de librerías en Cuba se sostiene de espaldas al lector, subvencionado por el Estado, sin que importe promocionar y vender a ninguno de estos autores para un público más allá del gremio.

Si hay oferta es porque hay demanda: el cubano nunca ha querido vivir de espaldas a sus escritores

Si se quiere conocer el libro cubano actual, está la librería de la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), nutrida con lo más selecto que se publica en la isla, y donde jamás pone un pie el simple mortal, sino solo gente del gremio. Lo mismo ocurre con la librería Fayad Jamís, ubicada frente al Instituto Cubano del Libro (ICL), mayormente visitada por los propios escritores cubanos, algún que otro estudiante universitario y los turistas despistados que entran a ver si hay mojitos. La Moderna Poesía, emblemática librería situada en la cabecera de la calle del Obispo, va quedando como reducto aislado. Y hace poco la editorial Verbum, con sede en Madrid y fundada hace 25 años por el exiliado cubano Pío Serrano, acaba de abrir sedes simultáneas en Miami y en la calle Maloja, 567, de Centro Habana, cosa impensable hasta hace un par de años y pequeño síntoma de que el cambio no se limita a Obama y Raúl Castro hablando de las relaciones por venir.

El resto del sistema de librerías, y auténtico síntoma de esa alternativa privada que el Gobierno ha ido permitiendo, son los libreros de segunda mano. Su meca es la propia plaza de Armas, y luego en portales, ventanas, recodos, salas y nichos de viviendas con puertas a la calle. Hay zonas donde la ciudad parece una trajinada biblioteca que se vende. Un cajón de sastre ofertando libros viejos donde conviven portadas de biografías del Che con El reino de este mundo, de Carpentier, junto a los clásicos rusos que se publicaron por miles en entusiastas ediciones de tiempos del comunismo. Es como si, a pesar de la ausencia de mercado del libro, la ciudad quisiera hacerse leer. Convirtiendo en vitrina cualquier espacio, para decir que si hay oferta es porque hay demanda: el cubano nunca ha querido vivir de espaldas a sus escritores.

Babelia, El País, 31 de octubre de 2015

Ronaldo Menéndez (La Habana, 1970) es autor de libros como Rojo aceituna (Páginas de Espuma) y Contar las huellas (Alba).

29 tatuajes/ La central, Madrid

La Central 1

«Un hombre ve a otro hombre con tatuajes y se pregunta si este hombre estuvo preso.

La gente se hace preguntas que puede responderte, y la respuesta combina con sus creencias.

Yo me pregunto si un hombre al ver mis tatuajes se pregunta si estuve presa.

Y la respuesta combina con mis creencias.

Pero estoy equivocada, esa no es la respuesta.

La verdad es que sí, estuve presa.

Cada vez que estuve presa me hice uno.

En la cárcel de mujeres una mujer le hace un tatuaje a otra, y esa mujer le pide que se lo haga con cariño.

Así que son tatuajes nacidos del amor.

Duele porque quema.

El tatuaje.

Y el amor»

Legna

No Sabe/ No contesta

Legna Rodríguez Iglesias

Colección G.

Ediciones La Palma

Librería La Central, Madrid