Entrevista a Haydée Sardiñas por… Haydee Sardiña

Portada del libro

Publicado en: Otro Lunes. Revista hispanoamericana de cultura. nº57

8 de noviembre de 2020

Nacho Rodríguez

Haydée es tan especial que prefiere entrevistarse a sí misma. Cuando le propuse hacerle una entrevista para un medio de comunicación, a tenor de su nuevo libro de relatos Fresa salvaje para siempre. Historias de amor y fastidio (Ediciones Hurón Azul, 2020) enseguida me respondió, vía mensaje de texto desde La Habana, que preferiría entrevistarse a sí misma. Adujo que ya lo había hecho, en anteriores ocasiones, y que nadie lo haría tan bien como ella misma. Claro, pensé, uno se conoce mejor a sí mismo que a los otros. Además, ya habíamos hecho otra entrevista meses atrás y había gastado mis mejores balas.

El ejercicio en cuestión parece originarse en un cuestionario estándar que encontró en algún lugar y le gustó. Hace meses le dio por responderlo. “Envíamelo entonces”, le dije, “y así salimos airosos del asunto y no tienes que molestarte en enviarme enmiendas parciales”. El problema era que el cuestionario, con las decenas de respuestas, estaba o está en su oficina, a la que hace meses no acude por la pandemia. Esa pequeña circunstancia no fue obstáculo para Haydée, ya que… Decidió entrevistarse nuevamente.

Al poco de revisar la entrevista comprobé con preocupación que había firmado su propia entrevista como Haydee Sardiña; esto es, sin la ese final que recoge el libro en lomo, portada, portadillas, colofón, etc. Esperé que fuera una hora decente en La Habana y le envié un mensaje. ¿Sardiña o Sardiñas?, pregunto. “Ponlo como esté en la portada” me responde de inmediato. ¿Y qué hay de la tilde de tu nombre?, continúo en otro mensaje, ¿también como aparezca en la portada? Su siguiente respuesta me deja estupefacto: “Sí, son detalles sin importancia”. Pues sí, esta es Haydée, Sardiñas o Sardiña. No importa. Y como no importa, además de maquetar algo el texto y ponerle un par de tildes, he tenido que completar una respuesta que estaba cortada… ¿Quién que no sea Haydée Sardiñas/ Haydee Sardiña podría darse cuenta? Son detalles sin importancia.

Ahora les presento a la autora, a partir de lo que ella escribió sobre sí misma al comenzar este 2020: “Me gradué en 1989 en Ingeniería en Control Automático en el Instituto Superior Politécnico José Antonio Echevarría. Fabriqué muñecas de trapo durante el Periodo Especial, escribí guiones para programas de Radio y TV, intenté dar clases de inglés, trabajé como secretaria ejecutiva para una compañía canadiense que por algún motivo quebró, y desde hace 10 años trabajo en la Embajada Norteamericana en La Habana (o lo que queda de ella). Mis gustos literarios tienen más que ver con la forma en que está escrito algo que con la historia que cuentan. Las cosas que me gustaría hacer antes de morirme, son: escribir una obra de teatro y escribir otro guion para un telefilme (ya escribí uno). Pero no tengo apuro. Tengo dos pasiones: la literatura y enamorarme (en tercer lugar estaría la cerveza y los amigos, juntos).”

No obstante, y antes de entrar en su auto entrevista, debemos hablar del libro en cuestión. Decía Teresa Dovalpage en el prílogo (sí, escrito así) de Alamar, te amo, publicado en 2018 y en el que participaron catorce narradoras cubanas (entre ellas la propia Haydée), que “el realismo puro y duro pierde parte de su dureza, casi diría que se humedece, pasando por las manos de una mujer”. Y es que estamos, en la mayor parte de los relatos de Haydée, ante un narrador masculino escrito por una mujer.

Ponerse en el pellejo de un hombre no solo es pan comido para Haydée (por algo será), sino que, cuando lo hace, uno tiene el deseo de querer ser el hombre que ella juega a ser. Qué simples son los hombres, para que se identifiquen tan plenamente con una fantasía femenina. O qué grande es la escritora. Como siempre, Haydée nos ofrece una explicación desapegada: “No sé por qué he preferido a veces escribir desde una voz masculina. Será una manera de esconderme. No me gusta sentirme descubierta.” ¿Pero es que hay algo menos encubierto que afirmar esto?

Si bien hay relatos que están pintados con ese material que Virgilio Piñera (dicen que) llamó “costumbrismo socialista” (como el propio relato «Amor y fastidio»), donde se exacerba hasta el límite las contradicciones de un sistema patológicamente institucionalizado y que para los lectores ajenos a él podrán leerse como simple “realismo mágico”, está siempre el amor (y el erotismo) penetrando su dureza como único antídoto de salvación de la vida cotidiana, por más que este, como en el relato citado, sea también institucionalizado.

Esta selección de relatos proviene de cuatro libros de la autora. Tres de ellos editados (en Cuba). El primero de ellos, Historias de Amor y fastidio (Editorial Extramuros, 2007), fue editado por Michel Encinosa, uno de los autores compilados en Malditos bastardos (Colección G., La Palma, 2014). Ese mismo año, otra pequeña editorial antillana publicó Recortes del Paraíso (Editorial El Mar y la Montaña, 2009). La última publicación es Fosforera Bill y otros cuentos (Ediciones Loynaz, 2011). Aunque entre esa fecha y 2018 Haydée no volvió a publicar (dos de sus relatos aparecieron en la antología erótica Alamar, te amo de Ediciones La Palma), cuenta con otro libro (inédito) de relatos (o de cuentos, como mejor dicen en Cuba).

Al revisar su auto entrevista, comprendo que falta algo vital: la alusión a su propia creación. Una vez más le pido a Haydée que visite sus relatos, a tenor de la selección que hemos hecho. Le sugiero que intente tejer puentes entre la ficción narrativa y su génesis vital. “Te lo envío pronto”, contesta en un breve mensaje. Tarda unos días en responder; se lo está pensando, ya ha hablado y escrito mucho sobre lo que opina de su propia obra (esto lo digo yo). Finalmente, escribe esto: “Hay algunos relatos que prefiero por encima de los demás. De Fosforera Bill me gustan sobre todo los personajes, que están creados a partir de personas que conocí. A Lino el trompetista, la flaca y al mismo Fosforera Bill te los puedes encontrar cualquier noche haciendo sopa (música por encargo) en el malecón habanero. También los personajes negativos, los problemas con la vivienda y la precariedad económica los puedes encontrar en cualquier esquina, desafortunadamente. Pero si tuviera que elegir tres de ellos, serían: «Filosofía Poética de Marcelino Pasquale», una historia de literatura dentro de la literatura, inspirado por eventos reales (intento de suicidio, escritura y redención) y por la lectura de Roberto Bolaño; «Una botella de felicidad», por su ingenuidad y sencillez, y «Alternativas probables” inspirado, probablemente, en la lectura de Alfredo Brice Echenique hace muchos años. El relato cuenta una historia de amor entre personajes que se sobreviven en los ambientes más sórdidos, pero creo que hay ternura en la historia y música en las palabras. Creo que la depresión, la adicción a los psicofármacos y la frustración están en todos ellos, pero también, la superación, la esperanza y, a ratos, la resignación.”

Ahora pasemos, finalmente, a la auto entrevista.

¿Cuál es el primer libro que recuerdas?

La primera historia que recuerdo es «Juan Darién» de Horacio Quiroga. Me la leyó mi papá siendo chiquita y se la leí yo a mi hijo después. Creo que «Juan Darién» siembra compasión en las personas. Luego recuerdo muy vívidamente «La vida de algunos animales», de una autora rusa que era veterinaria en un zoológico de Moscú y que marcó a gran parte de mi generación, y La mujer fantasma de William Irish. Leí muchos policiacos cuando era adolescente.

¿Crees en la inspiración? ¿De dónde vienen tus ideas?

Totalmente. Creo en la inspiración y en la lectura. Los libros que lees en la adolescencia y primera juventud te enseñan casi todo lo que hay que saber para escribir. Luego, llega una frase o una idea que se te queda dado vueltas y describe una situación que estás atravesando o sentimientos que estás experimentando, y a partir de ahí todo ocurre naturalmente. Sin esa frase, (o metáfora, como diría Milan Kundera) no habría historia.

¿Cuál es una de las historias que has escrito que más te gusta? ¿Recuerdas cómo nació?

Escribí una historia de ciencia ficción hace tiempo que se titula «O». En aquel momento me había enredado en una relación sin sentido con un hombre MUY atractivo. Eso era todo lo que yo veía en él. En «O» trato de encontrar una explicación para una relación tan vacía.

¿Qué te motiva? Si es la lectura, menciona títulos.

Leer me motiva mucho. Hay libros que releo cada cierto tiempo y siempre me dan deseos de escribir. Los últimos que recuerdo son El que tiene sed, de Abelardo Castillo y cualquiera de los libros de Chuck Palahniuk. Son dos escritores muy diferentes, pero Castillo tiene música y ritmo, y Palahniuk una manera peculiar de usar el lenguaje. También está Manhattan Transfer de John Dos Passos. Es el tipo de libro que me gustaría escribir alguna vez, pero sobre la Habana.

¿Cuándo supiste que querías ser escritora?

La literatura es la cosa que más disfruto. Me despierta una emoción muy diferente a otros tipos de felicidad. Nunca creí que podría ser escritora. Siempre tuve libreticas de notas, pero la escritura es algo que respeto demasiado para pensarla como posible. Sin embargo, un día, en medio de una de muchas caminatas por La Habana con unos zapatos muy incómodos, bajo un sol terrible y sin poder agarrar el transporte público, se me instaló una frase en la cabeza. La frase se convirtió en un texto de 3 o 4 páginas, que convertí en una especie de cuento. Y a mis amigos les gustó. Fue una revelación. La sensación de que alguien disfruta lo que escribes, de que se rían (porque en aquella época usaba una especie de humor negro y me interesaba mucho reírme de los problemas y de mí misma) fue algo maravilloso que descubrí y que solo comparo con la sensación de enamorarse.

¿Cuál es tu mejor recuerdo como escritora?

El día que leí mi primer cuento más o menos serio («O») en público y Raúl Aguiar me dijo que lo quería publicar.

¿Cuál es tu criptonita como escritora?

La estabilidad. Una pareja estable y un trabajo de 8 a 5 que me permita pagar las cuentas pero me robe el tiempo.

¿Alguna vez has considerado escribir bajo un pseudónimo? ¿Cuál?

Muchas veces. Me gustaría esconderme un poco sobre todo de la familia. No quisiera que leyeran lo que escribo. Además, mi nombre no es musical. Haydee Paz, por ejemplo, sería más sonoro.

Al escribir, ¿intentas sobre todo ser original o complacer a los lectores?

Ninguna de las dos cosas. Cuando tengo suerte de escribir algo, lo hago en primer lugar para mí, porque necesito hacerlo y sobre asuntos que me preocupan o me interesan.

¿Con qué otros autores mantienes amistad y de qué manera te han ayudado a ser mejor como escritora?

Raúl Aguiar, José Miguel Gómez (Yoss) y Ernesto Pérez Castillo han revisados mis textos y me han infundido confianza, que siempre me falta. A ser mejor escritora me ha ayudado leer.

¿Cómo afectó publicar tu primer libro a tu proceso de escritura?

Entonces descubrí que quería más. Implica el riesgo de empezar a escribir pensando en el público, en los concursos, en volver a publicar porque ser conocida de cierta forma, es una trampa que puede hacerte pensar en hacer cosas que no querrías hacer antes.

¿Qué hiciste con tu primer pago como escritora?

Fueron 2.000 pesos de un premio regional. No era mucho dinero y eran tiempos difíciles económicamente. Lo gasté en cosas primarias.

¿Lees las reseñas de tus libros? ¿Te afecta? ¿Cómo enfrentas eso?

Las leo, por supuesto. Me afectan mucho. Tanto como los comentarios de los amigos. Con el tiempo he aprendido a superar la ansiedad de esperar un comentario y he aprendido a confiar más. También me tomo más tiempo para compartir los textos.

¿Tienes alguna máxima o refrán que rija tu vida? ¿Cuál es?

No sé si sea una máxima en mi vida, pero termino aplicándola siempre, así que debe serlo. Es una frase de «Tauromaquia», un minicuento de Juan José Arreola: “Donde quiera que haya un duelo, estaré de parte del que cae, ya se trate de héroes o rufianes (…) porque yo también soy dos, el que pega y el que recibe las bofetadas”.

¿Tienes miedo a la página en blanco?

No vivo de la literatura. Si tuviera que escribir para vivir, una columna o en un espacio fijo en alguna revista, tendría que enfrentar esos miedos. Pero cuando uno escribe por placer, esos fantasmas no existen. Cuando no escribo, me falta algo, lamento no ser capaz de crear nada, pero he descubierto que forzar la creatividad no funciona. Se pueden producir muchas cosas de poco valor si uno se deja llevar por las ganas de tener algo que mostrar. Entonces, le voy a la contraria al refrán que dice “no tener nada que decir no es motivo para callarse». Pienso que “no tener nada que decir es el mejor motivo para callarse.” Y es lo que hago. No es que me guste, pero mientras tanto, leo y vivo. Para compensar esa frustración escribo guiones de radio y TV. Es un área que depende menos de la inspiración y que disfruto mucho también.

Madrid y octubre de 2020

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Haydée Sardiñas (La Habana, Cuba, 1966). Premio Luis Rogelio Nogueras de cuento 2006, con el cuaderno Historias de Amor y Fastidio, publicado por la editorial Extramuros, que luego recibiera el premio La Puerta de Monserrat 2008, otorgado por el Centro Provincial del Libro y la Literatura. Primer premio en el concurso de cuentos de ciencia ficción Juventud Técnica 2007, con el relato «O». Premio La llama doble 2008, con el relato «Finales felices». Premio Regino E. Boti 2008 con el cuaderno Fresa salvaje para siempre, publicado por la editorial El mar y la montaña, con el título Recortes del paraíso. Premio Paco Mir 2009 con el cuaderno En la escena del crimen (inédito). Premio Hermanos Loynaz 2010 por la obra Fosforera Bill y otros cuentos. En 2018 dos de sus relatos conformaron la antología erótica Alamar, te amo (Ediciones La Palma, Madrid).

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Lée el artículo original, en: http://otrolunes.com/57/otrolunes-conversa/entrevista-a-haydee-sardinas-por-haydee-sardina/

 

La rareza: Cuentos completos de José Lezama Lima

Índice

La rareza: cuentos completos, relatos, minicuentos y poemas narrativos de José Lezama Lima.

Cuentos clásicos

Fugados

El patio morado

Juego de las decapitaciones

Cangrejos, golondrinas

Para un final presto

Argumento para un cuento

Cuento

Poemas con valores narrativos

El guardián inicia el combate circular (Aventuras sigilosas)

Noche dichosa (La fijeza)

Censuras fabulosas (La fijeza)

La sustancia adherente (La fijeza)

Pífanos, epifanía, cabritos (La fijeza)

Peso del sabor (La fijeza)

Muerte del tiempo (La fijeza)

Procesión (La fijeza)

Tangencias (La fijeza)

Éxtasis de la sustancia destruida (La fijeza)

Cuento del tonel (La fijeza)

Invocación para desorejarse (La fijeza)

Cuentos autónomos en Paradiso

Capítulo XII

Relatos o crónicas

La mayor fineza (Tratados en La Habana)

La noche 78 (Tratados en La Habana)

Carnaval del rubio Glucinio (Analecta del reloj)

Dos familias (Fragmentos a su imán)

Bibliografía consultada

Lien conversa sobre la antología erótica “Alamar, te amo” en la librería La Fugitiva de Madrid

El viernes 6 de octubre Ediciones La Palma presentó su último libro: “Alamar, te amo”, una antología erótica escrita por mujeres cubanas nacidas en las décadas del 60, 70 y 80.

Tuvimos la dicha de contar con una de las mujeres antologadas, Lien Carrazana Lau, autora que aporta dos relatos a la antología: Autoestop, publicado en México dentro de su libro Faithless; y la diatriba transcultural del inédito Conflicto político entre una polla y un coño.

En compañía de buenos amigos y amigas, algunas muy jóvenes (ver foto más abajo), Lien y yo conversamos, interpelados por el público (particularmente por un morboso asistente), sobre la realización y los motivos de esta antología; así como Lien nos recordó algunas de las circunstancias de la creación literaria desde el exilio.

Desde Ediciones La Palma quisimos agradecer el apoyo a las muchas personas, cubanas y españolas, que nos han ayudado a botar este barco de Colección Cuba (ver la página de agradecimientos) y, sobre todo, recordar que el libro está dedicado a Pepe Fajardo, o a su memoria, veinte años después de conocerle con motivo de la presentación en el Instituto Cubano del Libro, de otra antología cubana: Toda esa gente solitaria, con 18 relatos sobre el VIH en la Isla.

Lien nos compartió que no acostumbra a escribir relatos eróticos como motivo de su escritura, si no que, en su condición de persona y de cubana, el erotismo es algo connatural a sí misma, que se mantiene después de una década viviendo fuera de Cuba, en Madrid, precisamente.

Alamar

Hice mención a lo estimulante del título, que proviene del relato que yo hubiera querido escribir pero que hizo mucho mejor María Matienzo. Dos páginas donde la oposición Alamar (respecto a su estética gris y monolítica) con amar es tan potente como poética, tanto en la realidad como en el relato, donde una pareja se salva y se hunde a la vez entre habitaciones clausuradas (la casa tomada) e invadida por los insectos (la casa invadida). Para postre, Lien nos contó que existe (o existió, no lo sabe a ciencia cierta) un concurso de relato erótico llamado, precisamente, Alamar. Y que también envió una vez un relato pero no ganó (aunque sí muchos otros, como puede leerse en su biografía (Previo David de la UNEAC, Nacional de Narrativa Francisco Mir, etc.).

También hubo tiempo para hablar del ilustrador del libro: Leonel López-Nussa, de quien tomamos (con permiso de su hija Krysia) 15 deliciosas imágenas, una de mis preferidas a continuación, sobre las que escribe (también en el libro) Rafael Acosta, que “…en varias obras, el personaje del pintor interactúa sexualmente con la mujer modelo del cuadro, la toca en sus partes o la besa, le muerde un pezón o le practica un cunninlingus, o le toca las nalgas o el pubis con la punta del pincel, en una curiosa forma de interpretar el deseo por la mujer, que puede ser también el deseo por el dibujo y la pintura. En varios cuadros, las mujeres disfrutan entre sí para el goce del espectador. Las nalgas son rotundas, los senos firmes, los penes son de diferentes tamaños, pudiendo ser enormes como en la mejor tradición helénica, y el onanismo de las modelos femeninas también aparece con frecuencia…”

7

Al respecto de haber incluido dibujos eróticos hechos por un hombre tuve que justificarme diciendo que la mirada de López-Nussa, que es tan atrevida como comenta Rafael, se junta y encuentra con la de muchas de las escritoras… perdón, quise decir de las personajes de sus cuentos, que parecen observar con la misma delectación a otras mujeres.

Y para acabar, quisimos agradecer específicamente a Teresa Dovalpage su precioso prílogo (sí, escrito así), en el que incluyó una serie de respuestas que las autoras le enviaron (las que pudieron) sobre la escritura y el erotismo; así como a Jorge Carpio por el cuidado de la edición y la selección final de los cuentos.

 

29 tatuajes/ La central, Madrid

La Central 1

“Un hombre ve a otro hombre con tatuajes y se pregunta si este hombre estuvo preso.

La gente se hace preguntas que puede responderte, y la respuesta combina con sus creencias.

Yo me pregunto si un hombre al ver mis tatuajes se pregunta si estuve presa.

Y la respuesta combina con mis creencias.

Pero estoy equivocada, esa no es la respuesta.

La verdad es que sí, estuve presa.

Cada vez que estuve presa me hice uno.

En la cárcel de mujeres una mujer le hace un tatuaje a otra, y esa mujer le pide que se lo haga con cariño.

Así que son tatuajes nacidos del amor.

Duele porque quema.

El tatuaje.

Y el amor”

Legna

No Sabe/ No contesta

Legna Rodríguez Iglesias

Colección G.

Ediciones La Palma

Librería La Central, Madrid

La PALMA y CUBA; CUBA y LA PALMA

LA PALMA Y CUBA; CUBA Y LA PALMA

La editorial La Palma comenzó su andadura cubana en 1994, de la mano de la poesía, como no podía ser de otro modo. La colección Archipiélago, dirigida por Elsa López, publicó una antología de la creación poética cubana en la década del 80, donde aparecen poetas como Víctor Fowler, Atilio Caballero, Sigfrido Ariel, Antonio José ponte o Sonia Díaz Corrales. La antología estuvo a cargo de Alicia Llarena, quien también escribió, junto a Osmar Sánchez Aguilera, una interesante introducción a la poética insular.

libro poesía

En el año 1997, trece años después de la fundación de La Palma, la colección Ojo Inmundo dirigida por David Cabrera, publica “Toda esa gente solitaria. 18 cuentos cubanos sobre el sida”, el primer volumen de relatos vertebrados por la experiencia del VIH a una serie de nóveles escritores cubanos, casi todos desconocidos en el extranjero por entonces y aun en la propia isla, y que hoy forman parte de un pequeño grupo consagrado a la escritura dentro y fuera de Cuba. En esta primera antología de relatos podemos encontrar a Alexis Díaz, Frank Lima, David Díaz, Norberto Marrero, Rolando Menéndez, Miguel A. Fraga o Yoss. La antología fue preparada por José Ramón Fajardo y Lourdes Zayón. El origen de la antología fue el taller literario “La montaña mágica” del sanatorio Santiago de las Vegas o “Sidatorio Villa de los Cocos”, donde los antólogos impartían técnicas narrativas a las personas infectadas por el IVH. El título responde a una de las pasiones de Pepe Fajardo: los Beatles. Cien ejemplares fueron llevados a Cuba ese mismo año y aún hoy, de tarde en tarde, se puede encontrar alguno de ellos en los puestos de libros de segunda mano.

toda esa gente

En ese mismo año, 1997, la colección Tierra del poeta saca a la luz otro tesoro insular: “Escrito para borrar. Cuaderno de playa”, del poeta Orlando González Esteva.

escrito para borrar

Desde esa publicación, la editorial La Palma, orientada en consagrar las creaciones poéticas dentro y fuera de España, no olvidó sus relaciones con la octava isla. En numerosas ocasiones surgieron proyectos, aunque la mayoría de ellos quedó en el inventario de las memorias. No fue así, empero, en el caso de la poeta Soleida Ríos, cuyo poemario, “El libro roto; poesía incompleta y desunida septiembre 1987 – julio 1989”, fue editado en 2003, en la colección Ministerio del Aire, con una Nota debajo de la puerta que dice “este libro se escribe bajo un signo terrible: dios es el hombre y tiene miedo a su edad…”

soleida

En el año 2011, poco antes de su muerte, salió a la luz la última apuesta poética de Lorenzo García Vega, “Erogando trizas donde gotas de lo vario pinto” en el número 7 de la colección La Palma, dirigida por el también poeta Nicolás Melini.

Lorenzo

A finales de 2013, un equipo de intelectuales españoles con estrechas relaciones con la cultura cubana, aglutinados en la editorial La Palma, pergeñó la idea de recuperar una parte del inmenso material artístico que duerme en el sueño insular. De este modo, surgió la idea de la Colección Cuba, un intento restaurador ajeno a encorsetamientos genéricos, y por tanto heterodoxo, que pretende cubrir el vacío de una suma de minoritarias pero inmensas sensibilidades artísticas que sobreviven talentosamente en la Cuba de hoy pese al aplastamiento de sus condicionantes materiales. El primer número, “Mural de poesía cubana”, abarca la poesía cubana desde sus orígenes al vanguardismo, editado a inicio de 2015 bajo la dirección de Virgilio López Lemus.

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En febrero de 2014, durante la Feria del Libro de La Habana, se materializó el acuerdo entre Ediciones La Palma y Editorial Cajachina, por la cual se imprimiría en España una colección hermana, aunque no gemela, de la Colección G. habanera, partiendo de un número 0 inaugural que recogería 10 relatos de 10 narrador@s jóvenes y prolíficos en publicaciones y premios. Diez narradores y narradoras que, como bien señala Gilberto Padilla, editor de la colección, no son ni Pedro Juan Gutiérrez, ni Zoe Valdés ni Leonardo Padura… sino Ahmel Echevarría, Orlando Luis Pardo, Legna Rodríguez Iglesias, Jorge E. Lage o Raúl Flores.

Portada_Malditosbastardos

En el año 2015, tras las numerosas alabanzas de revistas como Leer o Quimera, así como de críticos literarios como Ignacio Echevarría o Daniel Serrano, por no hablar del propio Pedro Juan Gutiérrez, que se encontró con el libro en la Feria del Libro de Tenerife y acabó comprándolo, leyéndolo y reseñándolo, La Palma afianza su relación con la Cajachina habanera y saca a la calle, con una semana de diferencia con La Habana, el segundo volumen de la Colección G.; “No sabe/ No contesta”.

Legna

Y para acabar la actualización, la editorial La Palma tiene en imprenta el siguiente volumen de la Colección Cuba. Una selección de crónicas periodísticas desde el primer viaje de Colón a Cuba hasta la segunda mitad del siglo XX cubano. En el libro “Cuba: memoria y desolvido” se recogen textos de los orígenes del ferrocarril en Cuba, de la memoria de los cines de pueblo, del ajiaco, o de la toma de La Habana por los ingleses. El autor del libro es José Antonio Michelena y cuenta con una soberbia introducción de Leonardo Padura.

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Las colecciones G. y Cuba siguen buscando artistas…

CITA CON DIEZ BASTARDOS DE LA LITERATURA CUBANA

00 Gilberto Padilla

Ediciones La Palma quiere, desde Madrid, hacer un repaso literario a Cuba, y comenzó por el género cuento. La primera entrega resultó la compilación Malditos bastardos, número inaugural de la colección G, en coedición con la editorial habanera Cajachina.

Malditos bastardos declara, desde la nota de solapa, su intención de matar al padre, como hace todo grupo generacional: «Diez neuróticos gourmet que decidieron fundar una tradición que fuera distinta». La intención parricida y transgresora está expuesta ya en una cubierta que altera la valoración tipográfica del título para jerarquizar la enunciación de lo que no son: ni Leonardo Padura, ni Zoé Valdés, ni Pedro Juan Gutiérrez.

Aunque la edad de los narradores va de la cuarentena a la treintena, los une un común aire de familia: voz narrativa en primera persona, reiteración de intertextos, escenarios foráneos, desinterés por la tensión dramática, distancia de lo emocional, entre otras.

La voluntad perturbadora de los autores no siempre se traduce en el plano ideotemático, pero en ocasiones sucede, como en el cuento de Ahmel Echevarría, en el cual uno de los personajes protagónicos es dotado con todos los atributos del anciano Jefe de jefes: «No vestía el mono deportivo, pero era él. […] Cómo olvidar su nariz aguileña, la barba no muy tupida y cana, o aquel índice largo, huesudo, afilado. Era él y estaba en su silla de ruedas. Todo de oliva –charretera de ribetes dorados, gorra de plato, medallas y botones pulidísimos, botines de piel. Sonriendo.»

Aunque los últimos caracteres quieren esconder un poco la bola, sabemos bien ante quien estamos y es un buen arranque para el cuento, y para la compilación, al menos en el atrevimiento temático. Queda al lector descubrir si los ingloriosos (perdón, malditos) bastardos traen lo que prometen.

Por Antonio Montes Menocal

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Cuba futura, reseña de “Malditos bastardos” en Diarioabierto

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Y la nave va. Malditos bastardos es la Cuba futura y estos escritores nacidos entre los años 70 y 80 demuestran la potencia literaria de una isla irreductible en muchos sentidos

Efectivamente ninguno de estos nuevos narradores tiene demasiado que ver con Leonardo Padura, Zoe Valdés o Pedro Juán Gutiérrez.

Casi todos los aquí seleccionados poseen una fascinante mirada onírica y arriesgan en fantasías al borde de lo críptico pero tan perturbadoras como para que merezca la pena el esfuerzo.

Abundan las ficciones de tono apocalíptico, las referencias a la cultura pop estadounidense y una poesía de la desolación típicamente cubana.

Porque hay una especie de saudade isleña que empapa la mayor parte de los discursos que se contienen en este volumen.

¿De qué hablan estos cuentos? De fantasmas a la deriva y de un Cuba convertida en campo de batalla al modo de un videojuego o de Mad Max y de sueños muy cercanos a la pesadilla y de un anciano en chándal que bien pudiera ser Fidel Castro.

El viejo en chándal es el protagonista espectral del relato que abre el libro: Isla de Ahmel Echevarría Peré. Cierra la compilación un furioso juego literario repleto de trampantojos titulado Cuban American Beauty en el que leemos: “Sweet Home Alahabana: madrecita del alma podrida, en el pecho yo llevo el horror. ¿No es un fastidio no poder olvidarlo todo de un tirón? Borrón y cuento nuevo. En fin”.

Pretende este volumen ser el inicio de una serie de libros donde seguir descubriendo la Cuba futura que dibujan nuevos narradores prestos siempre a epatar .

Merecería Malditos bastardos la atención de los lectores verdaderamente activos que no se arredran ante las apuestas de riesgo.

Resulta emocionante contemplar cómo desde una isla asediada numerosísimos creadores desafían las circunstancias adversas. Y hay que aplaudir (por supuesto) que una editorial se lance a publicar antologías como esta.

Leonardo Padura y Pedro Juan Gutiérrez fueron nueva literatura cubana y ahora viene la novísima literatura cubana exhibiendo músculo.

Jim Jarmusch, Quentin Tarantino y otros francotiradores del cine estadounidense son citados en Malditos bastardos. Mientras en otros lugares del mundo se fabrican best-sellers inanes, en Cuba (visto lo visto) se sigue apostando por la narrativa de alto voltaje.

Conocí una chica que sólo hablaba de cine es la primera frase del cuento Extras. Raúl Flores Iriarte ejecuta una especie de delirio a lo David Lynch con trazos de pesadilla.

Una primera frase de tal calibre ha de recibir el beneplácito de cualquier lector con ganas de serlo verdaderamente.

Sí, puede que algunos de estos cuentos resulten difíciles. Pero para las facilidades ya tienen ustedes todas esas novedades que reposan en los estantes de los grandes almacenes.

Ahora sólo queda que acudan a su librería de guardia y exijan Malditos bastardos. Si no, pueden solicitarlo en www.edicioneslapalma.com. De nada.

Malditos bastardos. Varios autores. Ediciones La Palma. 183 páginas.

DANIEL SERRANO

diarioabierto.es

Cuba futura

Banner (con logo de Colección G.)

Entregamos “Malditos bastardos” a Leonardo padura en la Librería Alberti de Madrid

Padura MB

Esta noche Leonardo Padura presentó su libro de relatos “Aquello estaba deseando ocurrir” en la librería Rafael Alberti de Madrid. Lamentablemente habló más un contertulio español que el propio Leonardo, invitándole a hablar de Hemingway, de sus pintores favoritos, y de la capital de Cuba, temas sin duda apasionantes si no fuera por el extenso prólogo del introductor.

En medio de la conversación, y pese a ridiculizar Padura a un presentador portugués tras preguntarle por Fidel Castro en la televisión hace unos días, él mismo se metió en la arena política con el asunto del “resablecimiento de las relaciones”, demostrando que todo cubano necesita hablar de lo Único (que no es el sexo ni siquiera la pelota).

También es entendible: hablar de literatura cubana te lleva a hablar de La Habana, hablar de La Habana te lleva a hablar de su ruina, y hablar de la ruina de La Habana te lleva a hablar del futuro y hablar del futuro de La Habana… ¿Tengo que seguir?

Después de comprar el libro me puse en la cola de las firmas, en el último lugar. Varias señoras jubiladas o a punto de hacerlo habían recabado su autógrafo entre laudatorios comentarios que Padura parecía escuchar con indulgencia y algo de sueño. Aunque no había descartado por entero pedirle que me firmara el libro, aquello terminó de convencerme de que no debía repetir el ritual.

Cuando llegué a la mesa donde firmaba alejé su libro de su alcance y le pedí permiso para regalarle un libro a él (en realidad eran dos, pues también le entregué “Mural de poesía cubana”), que por supuesto era “Malditos bastardos” y que ediciones La Palma había editado en España sobre nueva narrativa cubana.

Padura, según él mismo afirma, desconoce en gran medida (ver el artículo “Cuba song” de Ignacio Echevarría) lo relacionado con la nueva creación literaria en la isla. El motivo es comprensible: lo reducido del tiempo humano. Revisó los libros haciendo alguna pregunta (el cuidador de la edición de “Mural de poesía cubana” es uno de sus editores en la isla). Al final se mostró un poco más frío. Imagino que el descubrimieno de la alusión a su persona en la portada de “Malditos bastardos” fuera la causante del repliegue de su inicial apertura, al generarle dudas sobre mis verdaderas intenciones con el regalo del libro.

Cuando salí de la librería vi que Padura cogía los libros de la mesa. Espero saber algún día qué piensa Padura de los malditos bastardos de G.

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Marcos me abandona a mi suerte, por María Matienzo

A penas llegamos Marcos me abandona a mi suerte. Aparece la Lupe y yo vigilo a Marcos, no fuera que regresara y me agarrara besando a su mujer. Nos recostamos a la reja. La Lupe parece que arrastra la vida.
Le brindo mis oídos porque sé que no tiene muchos, que con los suyos no le basta. Ella necesita otros dos oídos para que sepan cuánto puede odiar.
Su venganza sea.
Lo veo regresar por la derecha. Cambio la inflexión de la voz para que sepa que el beso que me intenta dar puede ser de muerte. Si Marcos nos descubre, quién sabe qué pueda pasar. Entre sus fantasías no está ver a dos mujeres besándose. Dice que lo ve asqueroso e inútil. Yo quisiera saber cuáles son las fantasías de mi socio.
Debe ser con perros. Él es veterinario. Él ama a los perros más que a su mujer, por eso ella protesta cada vez que me ve y aprovecha la oportunidad para besarme. Ella cree que me gusta y como no la rechazo, no pierde la oportunidad.
Marcos solo ha regresado para asegurarse de que la cola para entrar a la pizzería no ha avanzado y que no lo hemos dejado fuera. Creo que sospecha de nuestros besuqueos. Se vuelve a ir con las manos en los bolsillos, sin mirar atrás. Se va sin curiosidad. Sin pensar en qué tanto hablamos su mujer y yo.
La Lupe es enfermera y ha visto muchas cosas. Ese es su lema. Yo nunca me he acostado con una enfermera, pero pudiera. Aunque no con la Lupe que dice que ha visto muchas cosas.
No me cuenta nada. No se decide. Y mira que le insisto. Ella voltea la cabeza y respira profundo. Me imagino las cosas que ella sabe pero quiero que me las cuente.
A cambio yo le cuento algunas mías. «Ayer me sacaron una muela, pero hoy estoy aquí con ustedes y quiero comerme una pizza para que me duela la cara, la mandíbula, la vida. Para que no sea suficiente con dos dipironas». Ella finge asombro y me pide que la bese. Esta vez me resisto. La Lupe es grande y me fuerza al beso. Entonces comienza a hablar como loca de las desgracias ajenas y no de lo que quiero que me hable.
«¿Qué hace Marcos por allá?» le pregunto para cambiar el tema que me abruma y ella me responde que vigilando la otra cola, la de las oportunidades. Me quedo con mis dudas porque desde donde estoy solo lo veo mirar de un lado a otro.
Estoy a punto de gritarle: «Marcos, come back, come back, come back», mientras me aferro a la reja y mi voz se rasga por la angustia que me provoca la Lupe. Eso es solo una imagen. No me atrevo y yo también aprovecho el impulso y la beso y decido dejarme arrastrar y olvidarme de Marcos que en eso viene corriendo con los puños cerrados y tenemos que seguirlo corriendo también porque se le ha dado su oportunidad.
¡ladrón! ¡ladrón! ―alcanzo a escuchar y me doy cuenta que es con Marcos. Corro.
Con esa cadena de oro que lleva en las manos ya no tendremos que hacer cola en esa cochina pizzería, para comernos esas cochinas pizzas. Me dice en cuanto puede. Miro a la Lupe y ella me sonríe asintiendo. Ella sabía el plan.
Me preocupo. ¿Nos habrá visto? El pelo de la Lupe está revuelto, pero ahora no se sabe si fue del corretaje o del enredo que le provoqué con mis dedos. No sé si Marcos nos vio. No comenta nada. Solo habla sobre su éxito. Lo logró. Ahora debemos esperar. Se cambia de ropa. Él sabe a quién le puede interesar. Mientras nos quedamos a esperarlo nosotras nos tenemos que cambiar de ropa.
Él sale.
Temo que no tengan nada para mí. Le temo más a desnudarme frente a la Lupe. Me equivoco. Tienen ropas para mí. Me ajustan más que las mías. Son nuevas. Pero cuando la Lupe me ve desnuda se me abalanza.
Alterna. Mi boca, mis senos, mi boca, mis senos y decide dejarlo todo para más tarde. Marcos debe estar al regresar. La transacción es rápida.
Marcos regresa con los dólares en el bolsillo y vamos al restaurante de Alberto.
«¿Viste lo bien que le quedan la ropa a Elízabeth?» comenta ella y me golpea las nalgas. Sospecho que hay otros planes. Pero Marcos la reprende por su exceso de confianza. ¿Qué hace su mujer tocándole las nalgas a otra mujer? La Lupe no se ruboriza porque es negra.
Yo bromeo: «¿Qué, tienes miedo?» Él me mira y siento que me reconoce. Yo soy su socia, la que sería incapaz de traicionarlo.
La comida es muy cara y nos tratan como a clientes VIP. Alberto sabe que Marcos deja sus bolsillos en la mesa. Alberto no escatima en elogios y mete la cabeza en mi escote. Marcos le corta las intensiones.
Cae la incomodidad sobre la mesa.
Alberto se va. La Lupe a penas me mira. Se siente traicionada cuando Marcos la besa y le dice que era solo para espantar las moscas. Que él no caga donde come y que ahora yo soy parte del equipo.
«¿De qué equipo?» pregunto yo.
«Ella tan ingenua como siempre» dice la Lupe mirándome a los ojos y descubro que no está jugando. Pretenden que sea parte de la banda. «Nosotras distraemos y él ejecuta».
«wait, wait, wait, yo no quiero ser parte de ninguna banda, además, haciendo qué».
«Lo que ya sabemos que haces» se ríen. Yo misma no sé qué hago y prefiero tomarlo como una broma.
Antes de irnos al apartamento, jugamos a que asaltamos un banco. Me tiro al piso, me enmascaro con la saya de la Lupe y siento su olor. Está excitada. Marcos me dispara con sus dedos hechos pistola y la Lupe me sacude para que no muera. Así cierra la escena y nos recordamos que somos adultos.
«Es que la cerveza y los camarones nos han hecho alergia» dice Marcos y me revuelve el pelo. Siento que recuerda los años en la universidad. Cuando éramos unos chiquillos con sueños, queriendo escalar la montaña más grande del mundo.
«Vamos, que en el apartamento tengo lo que nos hace falta» y nos agarramos a sus brazos abiertos.
La Lupe tiene muy buena mano. Directo a la vena y a penas se siente el pinchazo. Para mí una pequeña dosis, es suficiente. Ellos prueban todos los días.
Vemos el mismo horizonte y yo hago lo que hago. Me quito la ropa y me acaricio.
Bailo desnuda en medio de la habitación y ellos aplauden emocionados.
Me gusta que me miren, que me toquen. Soy perfecta.
Huyo por toda la casa. Los dos quieren tocarme. Llego a un rincón. No tengo escapatoria. Y dejo que hagan conmigo lo que quieran.

«Elizabeth, dale que nos toca» me susurra la Lupe mientras me agarra por la cintura y me arrastra al interior del apartamento. Allí está el viejo gordo que no es extranjero ni un carajo, pero que tiene dinero y cadenas y celular caro.
Marcos se despide. Cierra la puerta con una sonrisa. Acaba de cerrar el negocio.
Empiezo a bailar en medio de la escena. Me quito la ropa poco a poco en lo que la Lupe acaricia al viejo. Lo besa.
«Este negocio da». Pienso porque sé que en cualquier momento entra Marcos con una pistola, amenaza al viejo y nos podremos ir sin que el viejo llegue a tocarme. Cuánto ha cambiado mi socio. Esta es la última vez. Es verdad que el negocio es redondo. Yo tengo mis ventajas.
Bailo en la esquina de la cama. Lupe desnuda al viejo. Se desnuda ella. Ya estoy en blumers. Marcos no acaba de llegar.
La música la escogió el viejo. La Lupe se la mama. Yo estoy a punto de vomitar. Marcos no llega. ¿Cómo la Lupe se atrevió a tanto?
La oscuridad se hace casi absoluta dentro del cuarto. Miro a la puerta. Pero con mirar no basta. Llegó el compás en que me quito el blumers. Marcos no llega y la Lupe me empuja a la cama.
«Lo siento, mi hermana, cambió el libreto» me dice al oído con todo su odio resumido mientras el viejo me penetra y yo no grito porque sé que la tragedia a penas empieza

FOSFORERA BILL; POR HAYDEE SARDIÑA

Yo estaba en la barra del bar con un vestido negro comprado en una tienda de segunda mano, tratando de conquistar a un italiano que bebía solo en una mesa cercana. Me había ocupado de empinar todo lo que se podía empinar y ofrecer una hermosa vista cuando un tipo con guitarra y sombrero de cowboy se paró al lado mío. Pidió un whisky doble y encendió un cigarro a pesar de que había una enorme señal de no fumar frente a nosotros.

–           Me llamo Bill, dijo, Fosforera Bill, y se tocó el sombrero al estilo de Harrison Ford en cualquiera de las películas de Indiana Jones.

Yo me limité a seguir bebiendo e ignorarlo.

–     ¿Qué te parece si echamos un pasillo? – preguntó. Mantenía el cigarro entre los dientes y trataba de lograr un verdadero acento americano.

Iba a advertirle que estaba trabajando, cuando llegó el tipo de seguridad y le pidió que apagara el cigarro o se marchara. Bill lanzó el cigarro a los pies del guardia y lo pisoteó concienzudamente. Luego le dio la espalda y pretendió continuar su conversación conmigo. Le resultaba difícil lograr el acento sin algo entre los dientes. Me pareció divertido. Le pregunté por qué le decían Fosforera Bill.

–       Porque me llamo William, respondió, y sé MUCHO de fosforeras. Después me contó la historia de su vida.

En aquella época yo andaba con el negro Lino, dijo. Nos dedicábamos a tocar blues en el malecón desde hacía un par de años y nos iba bastante bien. Él tocaba la trompeta y yo, la guitarra. A veces aparecía alguien con una filarmónica y montábamos nuestros buenos conciertos. Podíamos haber seguido así por mucho tiempo si no fuera por el asunto con el cuarto de Lino, un agujero de tres metros de ancho por tres de largo con su barbacoa respectiva hundido en un solar en medio del Vedado.

Un sitio oscuro y caluroso siempre abierto para los socios. Como Lino estaba viejo, no le importaba que me apareciera por allí de vez en cuando con una muchacha y me encerrara a sudar en la barbacoa. Solo tenía que llevarle algo de tomar y si era posible algún cassette viejo con música nueva. Lino tocaba su trompeta todo el tiempo que duraba la función. Cuando dejaba de tocar, era hora de dejar de mover la barbacoa.

Yo bajaba con la muchacha en cuestión, me quedaba tomando ron y tocando guitarra hasta que nos íbamos a comer algo por ahí antes del recorrido habitual por todo el malecón. Era una buena época.

Una vez me empaté con una rubia que estaba completamente fuera de serie. También fuera de sus cabales. Le había dado mi palanca de todas las maneras posibles y aún no estaba contenta. Lino dejó de tocar pero la muy puta me miraba con cara de “¿esto es todo lo que hay?”. Ignoré el aviso de Lino y volví a prepararme para la ofensiva. Esta vez te voy a dar con todo, mamita, recuerdo que pensé justo antes de que la barbacoa se derrumbara. Lino se salvó porque aún estaba en la puerta sin decidirse a entrar para sacarnos a patadas. La muchacha terminó un poco golpeada. Yo también me rasguñé un poco. El comején inundó la salita de Lino. Puro comején era lo que aguantaba la barbacoa.

Toda la tarde y la noche la pasamos sacando escombros, madera podrida, trapos viejos, cosas que no servían para nada. El colchón tampoco servía de mucho, estaba lleno de huecos y muelles sueltos, pero en algo había que dormir.

Me dio pena con Lino. También me dio pena conmigo que ahora no tendría a donde llevar a mis conquistas. Un poco por culpabilidad y otro por necesidad le dije a Lino que íbamos a volver a levantar la barbacoa, pero bien hecha. Esa noche tocamos como nunca. Diecisiete temas. Desde Summertime hasta The house of the rising sun. Y qué espíritu. Noche tras noche le entrábamos a la música como un par de locos. Conseguimos una muchacha que empezó a bailar con nosotros por amor al arte. Estaba todo lo mala que se puede estar a los 20 años, pero tenía una carita dulce y se meneaba con tremendas ganas. Usaba unas sayitas cortas con mucho swing y a nadie le importaba que estuviera más flaca que un palo de guayaba. Resultó que además tenía buena voz.

Una de esas noches nos encontramos con un tipo que nos quiso contratar para tocar en su club. El pago era bueno y había que trabajar menos. Así podríamos dedicarle tiempo a la barbacoa, y yo podría volver a estar con una mujer en una cama, aunque fuera la cama de Lino con el colchón de Lino.

Así que empezamos en el club. Lino iba de cuello y corbata, yo me ponía una camisita de cuadros y un sombrero de cowboy que había encontrado en el derrumbe. La flaca se había agenciado un vestidito rojo lleno de lentejuelas y un poco de relleno para los senos. Bajo las luces se veía muy bien. La flaca empezó a gustarme. Cada vez tenía más deseos de encontrar un lugar decente donde templar. Entonces Lino me dijo que si volvía a levantar la barbacoa podía quedarme allí. A mí me basta con la trompeta y la salita, dijo.

Era una buena idea. El baño de todas formas era colectivo y estaba ubicado como a diez metros del cuarto. Ese fin de semana conseguí vigas y cabillas para empezar a tirar una placa en serio.

Una plaquita de tres metros de largo por tres de ancho, unos escalones para subir, una baranda que hice con mis propias manos de guitarrista de mala muerte y una colchoneta que consiguió la flaca no sé dónde. Otro socio nos regaló una especie de escaparatico para niños y así llenamos el espacio. La vida iba sobre ruedas. Teníamos una sólida barbacoa de cemento sin resanar. Pusimos una par de colchas en el piso al estilo hippie y colgamos farolitos chinos. Oíamos música, tomábamos ron y estábamos de lo más felices, como una gran familia sureña. Yo sentía que andaba realizando el sueño de mi vida, un nigger y dos white trash viviendo al estilo de los verdaderos vagabundos sin hacer nada más que disfrutar la vida y tocar mi guitarra. Entonces empezamos a tener problemas con las vigas.

Las habíamos empotrado en las paredes laterales, siguiendo las instrucciones de un socio que había levantado muchísimas barbacoas en la Habana Vieja. No debíamos haber tenido problemas. Pero los tuvimos.

Primero apareció una rajadura en la pared que daba al cuarto del médico. El cuarto estaba lleno de rajaduras por todas partes, pero aquella específicamente les molestó al médico y a la mujer del médico, una rubia decolorada y pretenciosa que odiaba vivir en el solar. Lino y yo fuimos a ver la rajadura. Se esparcía desde la viga que habíamos empotrado en la derecha hacia el piso en forma de telaraña. El socio que nos había dirigido en la construcción de la barbacoa dijo que era una rajadura superficial y sin consecuencias, pero ni el médico ni la mujer del médico estuvieron de acuerdo. Les dijo que podíamos colocar una viga vertical en el cuarto de Lino para soportar la carga de la viga horizontal de forma que el peso de la barbacoa se distribuyera longitudinal y equitativamente a lo largo del nuevo soporte, etcétera… El lenguaje técnico sonaba muy bien, pero el médico, y especialmente la mujer del mujer del médico, insistieron en que esa barbacoa era un peligro para el solar, que habíamos sobrecargado la estructura, (me pregunté que sabrían ellos de estructuras sobrecargadas), y que había que tumbarla. Nos estuvimos riendo un buen rato cuando dijo eso. Para entonces se habían reunido varios vecinos. Entre ellos la presidenta del Consejo de Vecinos. Puede parecer raro pero había un Consejo de Vecinos en el solar y yo ni siquiera lo sabía. La compañera dijo que para empezar habíamos levantado una barbacoa sin los permisos requeridos y que eso era una violación de la Ley de la Vivienda, sin mencionar que el compañero Lino tenía dos convivientes no registrados, y que ella había sido muy comprensiva hasta la fecha pero además nuestros ensayos a cualquier hora y hasta cualquier hora afectaban el desarrollo normal de la vida en el vecindario, y así por el estilo durante unos 45 minutos.

Lino es un tipo ecuánime. Yo no tengo nada de eso, pero me mantuve tranquilo a ver a donde querían llegar. Así nos enteramos que los vecinos, es decir la presidenta del Consejo de Vecinos, el médico y por supuesto la mujer de médico, habían enviado una queja al Instituto de Vivienda y se estaba esperando una inspección en cualquier momento para determinar si era necesario o no demoler la barbacoa.

Otra vez hice alarde de paciencia. No dije ni media palabra. Me fui con la flaca para el cuarto y estuvimos ensayando un tema nuevo hasta que nos dio la gana. Después templamos con rabia, con ganas y con mucho ruido. Lino no tocó la trompeta, así que el médico tuvo que mandarnos a callar.

Al otro día vino la inspección. Eran dos policías, dos agentes de las brigadas especiales, un par de funcionarios del Instituto de la Vivienda, un Ingeniero Civil y un carro de bomberos con los aditamentos necesarios para tumbar una barbacoa (martillos, mandarrias y un par de pares de brazos). Los tipos se veían apenados pero de todos modos procedieron a demoler a bastante velocidad.

Lino se sentó en la acera de enfrente con su trompeta y tocó todo lo que le pasó por la cabeza mientras nuestra obra era reducida a pedruscos. La flaca se ocupó de vigilar los cuatro tarecos que teníamos y que tuvimos que sacar para la acera. Otra vez dedicamos la tarde a sacar escombros, y la noche a tratar de acomodarlo todo nuevamente en la salita de 3 x 3.

La flaca y yo volvimos utilizar los parques y al negro Lino le dio un infarto un par de semanas después. La mala vida, dijeron el médico y la mujer del médico, mientras lo llevaban al hospital. La flaca fue con ellos. Me contó que Lino murió por el camino. No sufrió, dijo. Estuve a punto de reírme. Esa noche nos quedamos en el colchón lleno de huecos y muelles saltarines de Lino.

No dormimos. No templamos. Odiamos. Cuando nos cansamos de odiar recogimos nuestros bártulos, la trompeta de Lino, mi guitarra y el vestidito de lentejuelas. Vaciamos el alcohol que nos quedaba encima del colchón y yo hice funcionar la fosforera. Ardió como el infierno. Vimos el corre corre desde el malecón y las chispitas iluminando el cielo oscuro de la madrugada habanera. No quedó nada de la barbacoa, ni del solar, ni del cuarto del médico, el baño público o las sábanas blancas de la compañera presidenta del Consejo de Vecinos.

Luego sucedió lo que tenía que suceder y yo pasé diez años preso por incendiario y disidente. No sé qué caramba tenía que ver una cosa con la otra. Tal vez haberme cagado en la madre de un montón de gente unas cuantas veces cuando supe que Lino estaba muerto. En la cárcel aprendí a ensamblar fosforeras, reparar fosforeras y rellenar fosforeras. Llegué a ser el más rápido del gremio.

  • Todavía lo soy, añadió Bill al final en un tono que parecía más apropiado para otra cosa.

De repente parecía más joven y mucho menos duro. Se dio un trago largo y encendió un cigarro para cada uno. A los dos minutos estábamos saliendo del bar acompañados por el tipo de seguridad y media botella de whisky brasileño. Paramos un taxi y fuimos hasta 23 y Malecón. Eran las tres de la mañana, hora triste en que el Malecón empieza a marchitarse. Compramos ron y nos sentamos a mirar el mar. Pasó un desfile de viejitas vendiendo maní. Pasaron dos travestis. Pasó una procesión de prostitutas fracasadas. Pasaron varias parejas recién armadas que no iban a durar más allá de la hora en que sale el sol.

Bill sacó la guitarra y empezó a tocar algunos de los diecisiete temas que tenía montados con Lino y la flaca. Primero sonaba triste pero al final de la botella estábamos los dos bastante más alegres y nos pusimos a bailar sobre el muro hasta que apareció un carro policía con dos de ellos a bordo. Yo me entretuve jugando con las manos de Bill, esperando que se fueran.

Nos fuimos nosotros. Llevé a Bill a mi cuarto, un espacio amueblado con los trofeos reunidos en largas noches de cacería de extranjeros. Un lugar sin barbacoa ni vecinos curiosos. Bill siguió tocando guitarra un par de horas. Después me hizo el amor poéticamente. Un poema feroz y sin afecto.

  • No puedes seguir siempre lleno de odio, le dije, tiene que haber un límite.
  • ¿Límites?, preguntó medio sarcástico y continuó vistiéndose en silencio. Guardó la guitarra en el estuche y recitó:

¿Quién dijo alguna vez: ¿hasta aquí el amor,
hasta aquí el odio?

Luego se fue, también poéticamente, como en los versos de Jacques Prevert:

“Sin mirarme,

sin hablarme.

Y yo me cubrí

la cara con las manos.

Y lloré.”

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